Paulo es un ser generoso. Más cercano a un niño que obsequia dulces a un desconocido que a un hombre mayor que camina por los pasillos de una Bienal de Arte, o se toma un licuado vitamínico en un quiosco ambulante en las calles de São Paulo con pintura fresca en los dedos. Aconseja a los artistas no posar para las fotos con el puño en la quijada, ni hablar de “La fenomenología de la percepción” de Merleau-Ponty en las entrevistas. Amante del tennis así como del surf, detesta la música popular brasileña y su pensamiento va más acorde al hip hop o a los llamados nuevos géneros musicales, que a notas sonoras que puedan ser adivinadas o intuidas, lo que Pierre Boulez llamaba notas esperables.

Paulo es un hombre que pinta. Ahí puede resumirse todo. Pero lo que pinta no resume nada. Al parecer, es difícil orientarse viendo su obra que sistemáticamente niega valores propios de la pintura tradicional: la armonía cromática o la pureza del trazo.

Me da la sensación que Paulo cuando pinta no es adversario de sus obras, pero creo que esa es una percepción errónea Nada en sus pinturas o dibujos es arbitrario ya que se intuye que hubo una lucha entre él y el espacio pictórico. Pero da la sensación de que hay un acuerdo entre las formas y sus deseos -que buscan- más que un ajuste de cuentas, un desajuste. Pintura sucia, manchada, combinaciones cromáticas insospechadas, texturas que raspan la mirada, formas que parecen ser fragmentos de un mundo social y personal hecho trizas. Pero, ese desajuste de cuentas es ¿Contra el color y la forma? ¿Contra la forma tradicional de abordar el mundo pictórico? ¿Contra el trazo pulcro y firme? Boris Groys, el teórico y crítico ruso sostiene la importancia de lo que él llama “el gesto débil” para hablar sobre el carácter transitorio de un arte que ya no puede afirmar nada sólido sobre el mundo.

Es en ese gesto desde el que Paulo nos habla. Cubre nuestros ojos y así nos des-cubre otra forma de mirar. Sentir con el oído, orientarnos en el espacio a partir del sonido, el silencio y la forma. Color que es pensamiento, forma híbrida, palpitante. Forma que espera, espera que vive en gestos caóticos ordenados minuciosamente: raspones, colores pastosos, huellas de dedos, formas vibrantes como los dibujos que dejamos flotando en la infancia para redescubrir su infatigable vigencia. Su pintura es nuestra infancia obsequiada a nuestro tiempo, tan fluido y disperso como nuestra propia contingencia.
 
Luis González Palma, 2021